Profanadores
de tumbas
Dos
chicos vagos en busca de molestar a los demás, se metieron en un cementerio,
planeaban asustar a quien asistía a los entierros, pero antes de este acto,
notaron que algunos dolientes echaban en los ataúdes junto al muerto, algunas
pertenencias. Recorrieron en lugar por largo rato, querían quedarse ahí hasta
que cayera la noche para desenterrar
los féretros y poder tomar lo que se llevaron los difuntos.
Lo
hicieron así, después de cerrado el cementerio, escondidos entre las penumbras,
acudieron a la tumba que habían observado, removieron la tierra. Encontraron un
par de anillos en las manos del fallecido y unas medallitas. Al voltear a su
alrededor vieron todas aquellas lápidas, y los invadió la locura de pensar que seguramente podrían
encontrar más de una pieza para revender y así obtener ganancias para
sus vicios.
Estaban
tan emocionados, entre salto y salto, soltaban tremendos gritos que despertaron
a los vecinos, los cuales no duraron ni un instante en tomar sus armas y
caerles a tiros, tratando de ahuyentar a cualquier supuesto ser maligno que viniera a
perturbar la paz de los que estaban ahí para descansar.
No
se culpó a nadie de la muerte de aquellos infelices, a final de cuentas fueron
sorprendidos haciendo un mal. Pero ellos encontraron la manera de no ser
olvidados, pues desde aquel trágico día, sus espíritus permanecen en el lugar,
para profanar la tumba de cualquier difunto, pues al día siguiente de cada
entierro, encontraban los cuerpos desmembrados
y regados sobre el suelo, despojados incluso de sus prendas de vestir.
Y
por las noches se les escuchaba gritar preguntado a los vecinos: -¿Ahora quien vendrá?…- tal vez en
la espera de aquel desdichado que les llenó de plomo el cuerpo.
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